Más vale solo...
Por el empedrado, Francisco apura el paso hasta la esquina. La
garita se observa desierta y hostil,
como reservando el derecho de admisión a la pegatina indiscriminada de afiches
políticos y al resquebrajado cemento. Cada persona que llega prefiere esperar,
al único colectivo que pasa por el barrio, lo más alejada posible del lugar que
fue construido para ello, una garita que no cumple con las de sí.
Tras una interminable frenada, que nunca coincide con el
sitio de la del día anterior, el ramal 176 abre sus puertas al puñado de
alborotados pasajeros que yacían dispersos hasta hace unos segundos. Francisco
había llegado en primer lugar a la parada, sin embargo, sube último; pues en el
caserío la gente no suele fundamentar demasiado las reglas y prefieren improvisar.
Saluda, paga su boleto con una tarjeta electrónica y ve que
una mujer que ha subido en la misma parada espera junto a la máquina.
-¿Podrías venderme un boleto?- pregunta ella.
Francisco, sin mediar, pasa nuevamente su tarjeta por la máquina y se niega a recibir el dinero de la mujer
-La próxima me invitas vos- le comenta en un tono muy tenue.
Todos los asientos individuales del vehículo están ocupados y los asientos compartidos solo albergan a un pasajero hasta que la opción de viajar en solitario sea insostenible y las personas prefieran compartir el espacio antes que viajar paradas. Francisco camina hasta el fondo del pasillo donde hay un lugar libre y quitándose su mochila se deja caer sobre él. Por la disposición de sus piernas no parece que el hombre a su lado se haya percatado de tal despliegue de movimientos.
-¿Podrías venderme un boleto?- pregunta ella.
Francisco, sin mediar, pasa nuevamente su tarjeta por la máquina y se niega a recibir el dinero de la mujer
-La próxima me invitas vos- le comenta en un tono muy tenue.
Todos los asientos individuales del vehículo están ocupados y los asientos compartidos solo albergan a un pasajero hasta que la opción de viajar en solitario sea insostenible y las personas prefieran compartir el espacio antes que viajar paradas. Francisco camina hasta el fondo del pasillo donde hay un lugar libre y quitándose su mochila se deja caer sobre él. Por la disposición de sus piernas no parece que el hombre a su lado se haya percatado de tal despliegue de movimientos.
El resto del viaje Francisco “hojea” el diario en su
celular, no parece enterarse de nada a su alrededor. No ve al hombre de
auriculares que tiene enfrente, ni a la mujer que lleva una cara de “tendría
que haber estudiado más” o a los niños semi dormidos que van al colegio. No se
percata absolutamente de nada hasta llegar a su parada y observar si debe o no
tocar el timbre. Desde que subió a este colectivo está esperando bajar.

Estamos tan solos que de tanto pisoteo en la muchedumbre podemos morir de soledad!!!
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